La Vida no es Justa
En algún momento de la vida, la mayoría de nosotros hemos vivido situaciones difíciles, que nos abruman y nos dejan con un dolor en el pecho. En otros momentos nos han ocurrido cosas que nos decepcionan profundamente, al grado que se llega a una profunda melancolía o indiferencia. Hay situaciones donde uno da todo de sí, donde compromete todo su esfuerzo, su mente y sus emociones… y las cosas no resultan como esperábamos, ya sea porque las circunstancias cambiaron, porque la economía está en crisis o porque nuestra suerte dependía de la decisión de una persona. Por lo que sea, hay momentos en que uno pone lo mejor de sí en todos los aspectos de su vida y, sencillamente, nada resulta. Entonces nos frustramos, nos enojamos; terminamos poniéndonos en un papel de víctima y cuestionando a nuestra suerte con la pregunta: “¿por qué me pasa esto a mí?”
En las lecturas que he estado haciendo y que he comentado en este blog, he visto constantemente un principio que dice: “la vida no es justa”. Esto me ha llamado la atención, pues a todos los seres humanos nos enseñan que debemos buscar la justicia para mantener un equilibrio. Prácticamente en todos lados uno encuentra, con diferentes matices, la frase “lo que se hace se paga” o “todo lo que haces se te regresa”. A mi parecer, pensar así me parecía muy lejano a la realidad, pues entendía que, si era el caso, entonces uno sólo debía cosechar lo que sembraba, y eso sería realmente la justicia. Es decir, si me apegaba a ese criterio, suponiendo que no hiciese ninguna cosa mala (ni siquiera de manera inconsciente), entonces no debía ser el blanco de las dosis de maldad de alguien ni soportar las consecuencias de sus actos o errores. Por ejemplo, si un motociclista iba a exceso de velocidad por la ciudad, en el supuesto de que tuviese un accidente lo justo sería que el afectado fuese el mismo motociclista y no las personas infortunadas que estuvieran a su alrededor al momento en que ocurriera.
Sin embargo, las cosas no son así ya que la realidad es totalmente diferente. El hecho de que una persona sea “buena” no la exime de que pueda ser “víctima” de algún asalto, un accidente, una enfermedad o cualquier cosa que pueda afectarla. Como bien dice una frase que le atribuyen a Bruce Lee: “Esperar que la vida te trate bien porque eres buena persona es como esperar que un tigre no te ataque porque eres vegetariano” y tiene razón. Hay ciertas reglas en la vida y en la naturaleza que son superiores a las consideraciones morales que tenemos las personas. Aunque en todo hay una causa con su respectiva consecuencia, todo esto se encuentra fuera del control del ser humano, por mucho que se esfuerce en dominar a la naturaleza.
Por otro lado, se debe tener en cuenta que los seres humanos vivimos en una sociedad que se construye constantemente. Es decir, que los descubrimientos que se hacen (que al final son un acto), suelen afectar a una gran parte de la población. De ahí que, si dichos descubrimientos pueden tener un aspecto positivo, también se está abierto para que uno reciba los aspectos negativos.
El querer que la vida sea justa es un acto de soberbia, manipulación e infantilismo, puesto que uno termina por querer influir en los otros para que correspondan y actúen como uno desea que lo hagan; cuando lo único que uno puede hacer es ser dueño de sus propios actos, cosa que no siempre logramos pues para eso se necesita de mucho autoconocimiento y autoeducación. Si hay veces que no podemos contener nuestras propias emociones, ¿cómo podemos pretender que los demás hagan lo que uno quiere en pro de la “justicia”?
Por eso considero que cuando aceptamos que “la vida no es justa”, uno tiene muchos beneficios al instante. Pues se dejan los prejuicios de lado, se disminuye la necesidad de manipular a las personas, se evita querer controlarlo todo (aunque ahora es muy complicado ya que prácticamente tenemos todo en el instante que lo deseamos) y eso nos permite tener coherencia en nuestra manera de vivir. En pocas palabras, el asumir que la vida no es justa nos otorga templanza y libertad. Templanza porque cualquier acto que pueda afectarnos, puede ser trascendido más rápido y así evitar caer en sentimientos como rabia, resentimiento o desprecio, que únicamente nos esclavizan y sus efectos pueden durar muchos años. Libertad porque uno ya no se engancha fácilmente a cualquier situación, sino que uno hace su parte y permite que las cosas sucedan sin obsesionarse con el resultado.
También vale aclarar que, aunque suene a contradicción, el asumir que la vida no es justa no significa que no haya que pedir “justicia” ante hechos regulados por la ley, los derechos humanos o por las reglas que contemple una sociedad. Esa justicia consiste básicamente en un sistema conformado por mecanismos sociales para regular la conducta de la gente, de manera que se pueda vivir en armonía entre los individuos. De ahí que sí hay que pedirla hasta donde sea necesario, ya que la falta o quebrantamiento de las reglas va deteriorando poco a poco la convivencia social y eso afecta a todos. Por ejemplo, en una sociedad que normaliza la violencia y la corrupción, puede decirse que sus integrantes se han acostumbrado a quebrar las reglas al grado que les parece algo común. Esto al final se convierte en una sociedad peligrosa para la integridad de las personas, pues no les garantiza derechos ni obligaciones, sino que están sujetos a otro tipo de reglas contra la ley (como ve quién da más dinero, por ejemplo).
En conclusión, el asumir que “la vida no es justa” no podría considerarse como un pensamiento fatalista, sino que implica que uno puede vivir tranquilamente, sin generarse falsas expectativas acerca de cómo deben actuar los demás, por lo que se evita muchas frustraciones. A eso se le puede llamar paz.