DESDE EL FRACASO
Cuando era niña, pensaba que unos años después de terminar la Universidad sería una mujer exitosa. Eso significaba que tendría mucho dinero, una excelente reputación laboral, una vida tranquila y estable, sería el orgullo de mi familia y la gente que me rodea, pero, sobre todo, que eso me haría inmensamente feliz. Sin embargo, ahora que estoy pisando ese tiempo del futuro, la realidad es otra, pues hace muchos años terminé una licenciatura y sigo sin llegar al éxito que me había planteado, ni tampoco me acerco a los objetivos que había deseado.
No tengo libertad económica, pues sigo viviendo con mis padres y dependiendo del trabajo que vaya pudiendo conseguir en el día a día; por lo mismo tampoco tengo el dinero que me había imaginado, mucho menos el estatus que estaba en mis sueños. Lo que si tengo, son altibajos donde llego a ganar mucho dinero y otros donde me quedo sin un centavo, por lo que suelo tener que usar los ahorros que pretendía invertir en mi independencia.
No tengo una excelente reputación laboral dado que siempre he trabajado por mi cuenta y los empleos que he tenido ocasionalmente, aunque me han dado muchas satisfacciones, han sido muy pocos como para que cualquier empleado del departamento de Recursos Humanos los pueda tomar en serio.
No me he enfocado en trascender mis propios límites pues, aunque siempre me ha gustado estudiar y soy muy inquieta, lo que habla de que tengo una ámplia diversidad de actividades, tengo algunos puntos que son mi “tendón de Aquiles emocional” y que yo misma he permitido que me afecten y me arrastren a un punto de confort, con tal de no enfrentarlos, lo que a la larga me frena.
No tengo una vida tranquila y estable, por lo que estoy en conflicto ya que decidí no seguir el camino de los demás, pero tampoco me he comprometido realmente a cumplir mis propias metas, y eso me ha generado una gran frustración.
Mucho menos soy el orgullo de nadie. Son palabras que nunca he escuchado decirle a nadie y dudo que lo haga, sobre todo de aquellos que me importan. Pues, nada de lo que parecía prometer mi potencial, se ha concretado y ahora, estoy por debajo de muchos que empezaron con muchas menos oportunidades que yo.
Por todo lo anterior, tampoco tengo una vida inmensamente feliz, no sólo porque la felicidad que entendía de niña no es la misma a la que entiendo ahora, sino porque me he permitido cargar con tantas frustraciones, culpas y autorreproches… que siento como si cargara un costal en la espalda y, aunque mis problemas sean muy pequeños, no hay que olvidar que un costal, aunque se llene de algo tan sutil como la arena, no deja de pesar.
Ahora estoy en una edad adulta y, desde hace tiempo, he estado evaluando el nivel de satisfacción que tengo acerca de mi vida. Definitivamente no es lo que me imaginaba y tampoco es lo que actualmente quiero. Ya no es momento para llorar por lo que ocurrió (o lo que no), ni para tratar de recuperar el tiempo perdido, pues muchas de las experiencias anteriores han sido valiosas y han contribuido a enriquecer mi vida a pesar de mi confort. Lo que corresponde ahora es asumir la responsabilidad de mis actos y decisiones; por lo mismo, es que estoy replanteando mis expectativas acerca de qué quiero, cómo quiero vivirlo y cómo lo voy a lograr.
Puedo asegurar que, como a todo el mundo, algunos de mis pensamientos y acciones anteriores me han llevado a algunos logros; sin embargo, no estoy en una satisfacción plena puesto que mis metas no las he cubierto del todo y eso conlleva una gran frustración. Me gustaría justificarme diciendo que no he tenido éxito por falta de oportunidades, que no tuve recursos de ningún tipo, que mis padres no me comprendieron ni apoyaron en mis sueños y que las circunstancias de mi vida no fueron favorables. Pero no fue así. Tuve todos los recursos económicos que puede tener una hija de familia de clase media tales como casa, abrigo, comida, educación y afecto. Mis padres se preocuparon porque yo tuviese siempre la posibilidad de acceder a todo el conocimiento posible, de ahí que me formaron como autodidacta a fin de nunca tener limitaciones de ningún tipo y poder acceder a todo el conocimiento que yo quisiera. Siempre se buscó que tuviese experiencias diversas, con el fin de ampliar mi relación con mi entorno y que aspirase a llegar a más; por lo que no hay pretextos para mí, todo este caos ha sido de mi total y completa autoría.
Entonces, ¿por qué teniendo tantas oportunidades, no he logrado despegar hacia donde quiero estar? Seguramente mucha gente de mi entorno se lo ha preguntado, sobre todo cuando he tenido todo a favor para lograrlo (situación que seguramente a muchas personas -como a mí en su momento- les puede pesar). La respuesta es muy sencilla: ni mis hábitos, ni mis acciones y mucho menos mis emociones, son acordes a los que tendría una persona responsable consigo misma, y menos a las de una persona que busca el éxito o la satisfacción en su vida.
No tengo un plan, ni siquiera una idea clara de qué debo hacer para mejorar. Es más, este blog que estoy realizando es mera improvisación con una vaga idea de qué debo hacer y hacia dónde intentar dirigirme. Lo veo más como un acto de supervivencia para mi misma. Sin embargo, me niego a creer que todo esté perdido (a pesar de lo que pueda decir mucha gente). Pues muchas veces, a lo largo de la historia, se ha visto que hay gente que un día decide mejorar su vida y, gracias a su obstinación, es que han podido levantarse de la nada.
Así que es momento de reconfigurar mi proceder, reprogramar mi mente, tomar acciones coherentes… y empezar de nuevo.