Apolo-Feelings
Todos tenemos defectos, algunos más, otros menos, pues nadie es perfecto. Sin embargo, se considera que la mejor manera de sobrellevarlos es enfrentándolos y aceptándolos, aunque esto puede parecer muy complicado. Sin embargo, ser una persona que trata de encubrir una carencia es mucho más difícil, puesto que uno siempre idea mil trucos y artimañas para mantener el status-quo de la situación; ya que el que alguien descubra “nuestros más profundos secretos” (que a veces son los más bobos) siempre puede ser devastador.
Los secretos siempre van precedidos de un componente esencial: “el miedo” (que generalmente es al rechazo social o a la no aceptación). Por eso el mantenerlos conlleva una verdadera lucha física, emocional y mental, para sobrevivir y mantener nuestra estabilidad psicológica, que en realidad sería la estabilidad del ego.
Eso es lo que pasa ahora conmigo, por lo que considero que lo mejor que puedo hacer es “confesarme”, ya que no me gusta estar generando expectativas de lo que no soy. Desde muy joven, tengo un síndrome que provoca (entre sus muchas bellezas), que mi cabello sea tan delgado, que sea casi invisible. Es el Síndrome de Ovario Poliquístico, es decir, un problema con las hormonas cuya consecuencia ha sido que haya un exceso de testosterona, que ha generado que mi cabello se haya adelgazado en exceso y que, en palabras de los médicos, aunque se haya corregido el problema hormonal, mi cabello ya no tiene remedio.
No significa que esté calva, aunque a estas alturas del partido no creo ya que eso sea importante. Sin embargo, el cabello que tengo no luce mucho que digamos. La verdad me veo mucho mejor cuando me lo rapo y queda ligeramente largo (de unos 5 cm máximo) a traerlo largo.
Por otro lado, como suelo tener mucho vello en las piernas (que eso si es por genética ya que la mayoría de las mujeres de mi familia están así), me suelo inventar historias. De ahí que alguna vez le conté a alguien, que el síndrome atontó a los folículos pilosos de mi cuero cabelludo y los distrajo del camino, haciendo que se fueran a posar en las piernas… Sé que son tonterías, pero algo tenía que hacer para sobrellevar esos efectos, ya que durante un tiempo si me generaron complejos.
A la quasi calvicie que tengo se le denomina “alopecia hormonal” y, como ya dije, no tiene remedio, aunque se lleven tratamientos. Suelo ser muy necia ante las “causas imposibles”, por lo que ya pasé por ampolletas, tratamientos capilares, huevo, aguacate, jitomate, nueces, mayonesa… en fin. Todo el buffet con sus salsas y aderezos. No tendré el mejor cuero capilar del mundo, pero sí el mejor alimentado y al final, no sirvió de mucho. De ahí que una vez, en un acto de desesperación, porque un familiar muy cercano se iba a casar y tenía que verme presentable (sobre todo porque soy la única mujer, ya que todos los demás primos son hombres), recurrí al truco de usar una peluca. Iba pasando por un mercado donde vendían unas muy bonitas, decidí probarme una y me gustó tanto (y me vi tan bien) que ahora es parte de mí día a día.
Podría decir que a partir de que me puse la peluca mi vida cambió, pues ahora si podía verme de la manera en que me gusta. Y no solo eso, sino que podía reinventarme cada día, pues puedo cambiar de look diario. Un día puedo ser una pelirroja de fuego y otro día una rubia despampanante (bueno, eso no), también puedo traer el cabello negro, castaño, azul, verde, de unicornio, etcétera. Es como si pudiese sacar diario una parte diferente de mi y que todas me gusten y, a la vez, todas son yo.
Al final a todas mis pelucas las bauticé bajo un mismo nombre: la Marmota. Por lo que ahora puedo decir que la Marmota y yo somos una misma. Se ha vuelto mi fiel compañera, vamos juntas a todos lados y la personas no me conocen sin ella. Es más, muy pocas se dan cuenta; por lo que la mayoría sólo lo hace hasta que se los hago notar. Me sucede a menudo que personas desconocidas elogian mi “cabello” y me preguntan por tratamientos capilares para cuidarlo y tenerlo igual, por lo que a cada rato tengo que estar aclarando que es peluca (salvo cuando tengo prisa, que sólo digo un simple “gracias”).
Pero hay algo en lo que debo ser sincera, ya que puedo decir que ella ha sido mi salvación… pero, como todo fantasma, también ha sido mi cárcel. Aunque nunca he negado su existencia, me he dado cuenta de que representa tanto mis anhelos como mis inseguridades… y mucho de mí necesidad de aceptación y, sobre todo, de autoaceptación.
¿Cuándo superaré este conflicto interno? No lo sé, pero tampoco quiero preocuparme con ello. Quizás lo haga el día en que sea capaz de quitármela en público, ya que es más fácil que salga sin peluca a que me la pueda quitar frente a todos. Aunque no sé si esto sea del todo cierto, pues tengo una anécdota donde una persona con la que andaba de ligue me invitó a bailar a un Salón. Estuvimos bailando mucho tiempo y lo estábamos pasando muy bien… ¡hasta que llegó el momento de la verdad! Él levantó su brazo para que yo diera un giro, pero nos acomodamos mal, por lo que con su codo rozó mi cabeza y removió mi peluca (aunque iba sujeta con pasadores). Básicamente, podría decirse que la Marmota aceptó la invitación, por lo que dio un salto hacia el centro de la pista para hacer su propio numerito y toda la gente le hizo rueda a gran distancia, mientras la veían atónitos y con cara de miedo. El chico se espantó, recogió la peluca y me la puso en la cabeza como gorro. Yo terminé por acomodármela y nos la pasamos toda la noche riendo por la anécdota. Así que no sentí vergüenza.
Por lo pronto, lo que sí me queda muy claro es que me gusta verme bien y con ello me basta. No pienso luchar contra este conflicto, pues a menudo he visto que, cuanto más se lucha contra un problema, éste se arraiga más en nuestras vidas. Así que, por lo pronto, sólo me queda seguir disfrutando a mi Marmota y alimentarme de las experiencias que surgen con su compañía.