Carpe Diem

La Metamorfosis – Franz Kafka

el
abril 13, 2019

La Metamorfosis – El Proceso
Porrúa, Sepan Cuántos… No. 467
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Hay veces en que uno se pregunta: qué pasaría si un día despertásemos y fuésemos otro. Es decir, de pronto, sin ningún aviso previo, somos un ser vivo totalmente diferente a como solemos concebirnos. Despertamos con otro cuerpo, otra cara, otras expresiones… De tal manera que por fuera no nos reconocemos, aunque por dentro, nos sigamos sintiendo los mismos. Incluso nuestro entorno aparenta permanecer igual (al menos físicamente), de manera que ahí no ha cambiado nada, lo único diferente somos nosotros.

Esto no está fuera de la realidad, al contrario, es una posibilidad latente que podemos vivir en algún momento, ya que constantemente estamos expuestos a infortunios provocados por algún accidente o enfermedad que pueden cambiar nuestra vida para siempre. No es raro encontrar en la red una gran cantidad de noticias sobre personas que padecieron alguna situación así, que de pronto sufrieron algún incidente que los afectó de tal manera que se vieron obligadas a transformar su manera de vivir y hasta de pensar.

Este fue el caso de Gregorio Samsa, el personaje principal del relato llamado “La Metamorfosis”, del autor, de origen judío, Franz Kafka. En él se relata cómo un día Gregorio, después de tener un sueño muy pesado, despertó y descubrió que se había transformado en un insecto. Su primera impresión fue de sorpresa, aunque no le quedó mucho tiempo para mantenerla, pues tuvo que pensar en cómo evitar que su familia lo viera, situación muy difícil, sobre todo porque ellos dependían económicamente de él y por ello, no dejaban de tocar en todo momento a su habitación, con la intención de presionarlo para que se levantara y fuese al trabajo.

Gregorio se mantuvo encerrado, en parte porque quería evitar que su familia lo viera y en parte porque no sabía cómo moverse con la nueva identidad adquirida. De alguna manera conservaba la esperanza de volver a su estado natural. Sin embargo, su “enfermedad” no pudo mantenerla oculta durante mucho tiempo, ya que llegaron a buscarlo de su trabajo, por lo que la familia forzó la puerta de su habitación y ahí se supo la verdad.

“Para poder ganarle a la vida hay que someterse a ella, de lo contrario ella lo destruye a uno.” Recuerdo haber leído hace mucho esta frase, lamentablemente no recuerdo dónde y no estoy segura si la frase pertenece al autor ruso Ouspensky o a Gurdjieff, pero siempre la mantuve en mi mente. Reconozco que cuando la leí, no estaba muy de acuerdo (quizás porque estaba en la edad de la rebeldía sin razón), pero ahora es diferente. Las experiencias de vida me han mostrado que hasta para ser rebelde se requiere dominar las emociones en beneficio de la causa, de lo contrario se condenará uno a la perdida. Por otro lado, cuando uno acepta las circunstancias, está más preparado para afrontar el problema, ya que se adquiere dominio sobre los sentimientos, sobre todo los negativos, por muy difícil que esto sea.

Sin embargo, ¿hasta dónde es válido someterse sin quedar anulado? En primera no hay que confundir el someterse a la vida, a someterse a la sociedad (bajo este término englobo a la familia, pareja, compañeros de escuela, compañeros de trabajo, vecinos, etcétera), pues las ideas centrales de ambos conceptos son muy diferentes.

Someterse a la vida implica un grado de aceptación interno. Un dejar de victimizarse por la vida que a uno “le ha tocado vivir”. Significa que uno acepta las circunstancias en las que ha vivido (se tenga la culpa de ello o no) y se toma responsabilidad para cambiar las circunstancias o la actitud ante ellas. Hay veces en que las circunstancias externas son muy difíciles y no se pueden cambiar (como una dictadura). Sin embargo, uno puede aceptar lo que ocurre con el único objetivo de mantener la calma para sobrevivir, tal como lo hizo el psiquiatra Viktor Frank en los campos de concentración nazis (de quien hablaré próximamente en algún artículo).

Someterse a la sociedad es otra situación y tiende a confundirse con “adaptarse a la sociedad”. Ciertamente, toda sociedad tiene reglas que regulan la conducta de la gente, ya sean escritas o tácitas, donde el no seguirlas implica un señalamiento social y la pérdida de oportunidades. Es por ello que sí es importante adaptarse a las normas sociales para poder convivir con los otros (incluyo bajo este término los acuerdos de parejas, familiares o laborales).

Sin embargo, someterse a la sociedad no es una adaptación, es la anulación de uno mismo por la presión social que puede ejercer sobre uno hasta la propia familia. Someterse a la sociedad implica someterse a los caprichos egoístas de otras personas, que suelen descargar sus propias frustraciones, carencias emotivas y falta de empatía en los demás bajo el yugo de lo que “es correcto”. Por ejemplo, en la actualidad, para muchos es algo muy complicado el seguir viviendo en casa de los padres habiendo pasado los 30 años, pues se considera que estas personas no son lo suficientemente maduras y, por ende, confiables para entablar una relación o para tener un trabajo estable. Lamentablemente, la sociedad sólo ve resultados inmediatos y no suele ver el proceso; pues hay personas que intentaron hacer las cosas diferentes (como emprender un negocio) y al final no les resultaron (mea culpa). Sin embargo, un tropezón no es una caída, ya que es elección de uno intentarlo una vez más.

En el caso de Gregorio, él siempre fue una persona sometida a su entorno social. Para empezar, el personaje se describe como una persona tímida, fastidiada por todo lo que hace excepto, por aquellos pequeños placeres que de vez en cuando puede darse. Decide obedecer incondicionalmente las decisiones de su padre, por lo que trabaja como agente viajero de una empresa. Por otro lado, adora a su hermana y siente especial cariño por su madre.

La parte donde la presión social (familiar) se hace más evidente, es a partir de su enfermedad. Rápidamente pasó de ser el hijo y hermano adorado (ya que los mantenía a todos), a convertirse en una carga y una vergüenza para la familia. En términos prácticos, es entendible que la familia lo ocultara, pues era un riesgo que los vecinos lo viesen en ese estado, ya que eso les cerraría las puertas para poder encontrar un trabajo y subsistir. Sin embargo, lo que es reprobable es la indiferencia que fueron desarrollando hacia Gregorio, al grado que ni su propio espacio personal respetaron, ya que su cuarto terminó siendo utilizado como bodega.

Personalmente, me atrevo a decir que, en esta obra, Kafka se reflejó a sí mismo en el personaje de Gregorio ya que tienen muchas características en común. En principio, ambos hicieron todo lo que se le pedía, aun a costa de sus propios deseos. Kafka, por órdenes familiares, estudió derecho, aunque nunca lo ejerció. El placer que se daba era la escritura, aunque publicó muy pocas obras en vida (la mayoría de su obra se conoció después de su muerte). Además, Kafka al igual que Gregorio, adora a su hermana Ottla y se deja guiar por una madre que actúa como mediadora entre él y su padre.

Por otro lado, el medio en el que se desenvuelve Gregorio es un tanto represivo para una persona con un espíritu tan sensible como él, de ahí que sea tan obediente con todo lo que le rodea. Su padre es una persona autoritaria, inflexible, que envejece sólo porque su sociedad le dicta que debe dejarse envejecer. El padre de Kafka es igual al de Gregorio, ya que todo lo que hace se lo reprocha a Kafka con la intención de que algún día siga sus pasos. De ahí que es posible que la manzana que tiene Gregorio enterrada en su caparazón represente a la Mischpoche de los judíos (una palabra que podría traducirse como “clan” y que implica a todos los parientes, tanto cercanos como lejanos). Esto para Kafka es una carga, puesto que tiene familiares que son comerciantes en todo el mundo, que han triunfado o fracasado, algo que él no desea ser.

¿Por qué Kafka eligió que Gregorio se transformara en un insecto? Es posible que el insecto representa la barrera entre él y su padre. Es decir, que refleja todo lo que siente que debe ser y que nunca podrá serlo; que al no lograrlo siente el disgusto de su padre y la propia humillación e impotencia. El desasosiego por haber sido “demasiado obediente” y, aun así, no obtener éxito ni lograr nada que lo satisficiera. Sin embargo, queda algo latente en él: las ganas de ser él mismo.

Es imposible leer este libro sin que uno se sienta identificado con el personaje, al menos, por un breve instante. ¿Gregorio se anuló o luchó con sus fuerzas hasta el último momento? Eso lo interpretará cada persona de manera subjetiva, debido a la forma en que uno se compare con él y qué tanto se esté dispuesto a rebelarse contra el sometimiento social. De todas maneras, en alguna forma y para alguien, todos somos Gregorio.

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