Cada uno tiene su (j)opinión…
Semana 2
Desde hace dos semanas inicié con el reto de corregir mi caligrafía, debido a las vergüenzas que mis escritos me han hecho pasar. No ha sido fácil, puesto que tiendo a mantener vicios como sostener mal las plumas o hacer trazos deformes. Sin embargo, puedo asegurar que hacer esta actividad me ha gustado mucho ya que no sólo es relajante, sino que también me está dando cierta seguridad en mi persona, puesto que estoy corrigiendo algo que veo como un gran defecto y descuido hacia mí misma.
El reto me ha entusiasmado tanto que no sólo me he entregado con especial dedicación, al grado que ya terminé mi primer cuaderno completo; sino que lo he compartido con varias personas de mi entorno y he recibido una gran cantidad de comentarios muy diferentes entre sí. Muchos me han sorprendido, no porque sean críticas directas hacia mi persona (que la verdad eso me tiene sin cuidado), sino porque es impresionante ver cómo la gente siempre está dispuesta a expresar su opinión acerca de lo que deben hacer los otros, y muy pocos son capaces de comentar algo sobre la actividad en sí misma.
Quiero poner algunos comentarios y las reflexiones que tengo al respecto. Cabe señalar que no daré nombres ni datos personales; sólo algunas características como género, edad y algún dato que considere relevante. Esto con el fin de respetar su integridad y que ellos tampoco sepan quiénes son, para que nadie se dé por aludido.
- ¡Vaya! ¡Qué obsesiva!
Hombre, aproximadamente 30 años.
Una de las cosas más divertidas de tener varios amigos y/o convivir con muchas personas, es que se puede acceder a una gran cantidad de personalidades con opiniones muy diferentes a las que una tiene. Eso es sumamente enriquecedor, ya que puede ayudarnos a tener otras perspectivas tanto en conocimientos, como de la manera en cómo resolvemos los problemas e incluso, puede ayudarnos a reafirmar nuestra postura. Eso es algo que me agrada en particular de este amigo, pues es una persona que se ha enriquecido con muchas vivencias bastante interesantes (ha tenido negocios, vivido en otros países, trabajado en el campo, etcétera), y que las ha combinado con sus estudios en filosofía y antropología. Muchas veces me ha tocado verlo en conflicto cuando no sabe qué postura tomar ante un tema o conflicto ético por lo que sopesa concienzudamente los fundamentos, los pros y los contras hasta que encuentra una respuesta que le parezca satisfactoria. En uno de esos momentos en que me escribió (lo cual es muy frecuente), me preguntó que qué estaba haciendo ya que, según él, “no puedo estar quieta”. Le respondí que estoy practicando caligrafía y le conté mi historia con el trabajo. Acto seguido, le mandé una fotografía de mi cuaderno a lo que me respondió “¡Vaya! ¡Qué obsesiva!” E inmediatamente me cambió el tema. Me sentí juzgada rotundamente y sin derecho a réplica.
- Bueno, no me extraña. ¡Siempre sacas tus rarezas!
Hombre, 37 años.
Un amigo me llamó por teléfono para avisarme que estaba por mi casa, para qué aprovecháramos para salir a tomar un café. Generalmente, la oferta sonaría muy tentadora, de no ser porque esta persona últimamente ha tomado la decisión de hablar de sus problemas todo el tiempo. En general es un buen amigo y me gusta convivir con él, pero también es complicado que llevamos varios meses donde la convivencia no es recíproca, sino que se ha convertido en una especie de confesionario donde se me expresa el mismo mal una y otra vez, hasta que él se cansa de hablar y decide irse. No quiero que se malinterprete lo que acabo de escribir, en general me gusta apoyar a mis amigos cuando puedo y los escucho cuando lo han necesitado. Pero considero que hay límites, sobre todo cuando una persona no está dispuesta a tomar una solución y sólo se regocija en evadir su realidad platicando (por no decir vomitando) sus problemas a otros. Es por ello que esta vez decidí hacerlo diferente y le expresé que no podía verlo, pues estaría ocupada. Ante la insistencia de él de saber por qué no podría tomar mi sesión de “él habla y yo escucho”, le dije la verdad: que tenía que corregir mi letra y que me veía forzada a hacer ejercicios de caligrafía de una manera intensiva, ya que me generó problemas en mi trabajo. Ciertamente lo escuché molesto ante mi negativa y, con un tono de voz que me pareció un tanto despectivo me dijo: “Bueno, no me extraña. ¡Siempre sacas tus rarezas!… y colgó.
- Cómo se nota que tienes tiempo de sobra. ¡Es demasiada ociosidad!
Hombre, 43 años.
Hay individuos que miden el éxito con base en el dinero que uno puede generar. No creo que eso esté bien ni mal, pues cada uno elige qué creer, lo que sí cuestiono es que son personas incapaces de obtener un placer en la vida a menos que esto les reditúe un beneficio económico o que incremente su estatus social. Tal es el caso de este amigo. Lo conozco desde hace muchos años y nuestra amistad ha prevalecido porque tenemos muchos intereses en común. La diferencia es que él busca el beneficio económico, mientras que a mí me considera como la mensa que no ve la oportunidad de negocio en esos intereses. Desde hace tiempo me ha estado pidiendo que entre en un negocio con él, cosa a la que me he negado, ya que lo considero de alto riesgo para mí. Sin embargo, él es aferrado e insiste cuando puede. Ese día en particular, me habló para lo mismo, no sin antes decirme que ha estado muy ocupado todo el tiempo ya que necesita generar ingresos (cabe decir que él utiliza todo su tiempo en eso). Cuando llegó el turno de preguntarme sobre lo que hago, le compartí mi nuevo interés por la caligrafía. Se notó su reproche inminente al decirme: “Cómo se nota que tienes tiempo de sobra. ¡Es demasiada ociosidad!” Creo que nunca había sentido tan intensamente que el tiempo es dinero…
- Uffff. A ver si ahora si se te entiende.
Mujer, 57 años.
Yo soy una fanática de las cafeterías. Si hay algo que me gusta es ir a una cafetería a tomar una taza de café, mientras leo un libro o escribo algo, pues para mí son momentos de introspección que no cambio por nada. Conozco varias cafeterías en la ciudad y en ellas también me conocen. Incluso tengo un amigo que suele decir que ir conmigo a una cafetería es como entrar a una zona VIP de algún club nocturno, ya que siempre saludo a alguien, ya sea un cliente, el vigilante, el mesero, el barista y a veces hasta al cocinero. No me considero muy sociable, pero me gusta ser amable, sobre todo con la gente que veo de manera frecuente en algún lugar, además de que nunca desprecio una buena plática. En este caso, me encontraba sentada en la mesa de una cafetería en el Centro Histórico, mientras estaba haciendo ejercicios de caligrafía. En algún momento, llegó una mujer que también es asidua al lugar y nos saludamos. En lo particular, siento mucha admiración por esa mujer ya que lleva más de 15 años corriendo el Maratón. Hemos platicado varias veces al respecto y me agrada ver su entusiasmo cuando habla de cada carrera, al grado que por poco me convence de ir a correr (algo que es básicamente imposible en mí). Regresando al tema, ella hizo su pedido al mesero y me preguntó sobre lo que estaba haciendo, a lo cual le comenté mis experiencias con la caligrafía y le mostré mis ejercicios. Ella puso mucha atención y me dijo “Uffff, qué bueno. A ver si ahora si se te entiende.” Después me confesó que nunca pudo comprar unos libros que le había recomendado, debido a que ni ella ni el librero pudieron entender mis garabatos.
- ¡Qué bonitoooo! Yo hice lo mismo en la escuela, pero a mí si me gustaba.
Mujer, 32 años.
Dentro de cada familia, hay personas que se comportan como verdaderos amigos. Es decir, conviven con uno con un interés genuino, sin que sientan que debe ser así por el solo hecho de ser familia. Recalco esto porque es normal que un familiar sepa más detalles sobre la infancia de uno, que los amigos; ya que ellos lo vivieron de una manera más directa. En mi caso, con este familiar fui a comer y le platiqué sobre mi reto (aunque ella todavía no sabe de este blog). Como llevo mi cuaderno a todos lados, se lo mostré y lo revisó muy interesada. Le emocionaron mucho mis progresos, al grado que dijo con bastante alegría “¡Qué bonitoooo! Yo hice lo mismo en la escuela, pero a mí si me gustaba.” Después me recordó una anécdota, cuando teníamos más o menos 8 años, que ella se había quedado en mi casa durante las vacaciones de Semana Santa. Aunque yo no iba a la escuela (ya que mi educación escolar fue en casa), mis padres procuraban darme todos los materiales necesarios para que tuviese una buena educación y se preocupaban mucho al respecto. Durante el período que ella se quedó con nosotros, ocurrió un incidente en el cual mi mamá se había disgustado mucho conmigo y me acusó con mi papá. El motivo del enojo fue que me habían dado unos libros para practicar caligrafía, pero yo me negué a realizarlos. No me gustaba hacerlos y me parecía algo inútil ya que yo sabía “escribir” desde los 4 años, así que ya se imaginarán cómo era mi letra. Tanta fue mi rebeldía, que opté por hacer dibujos en cada hoja, hasta que me cansé y me dediqué a hacer rayones como si fuese una niña pequeña, de tal manera que los libros quedaron inservibles. No hubo una sola página que se salvara. En consecuencia, me regañaron muy fuerte, pero no volvieron a darme un libro para escribir, por lo que al final me salí con la mía. Sin embargo, mi familiar fue testigo y se asustó por el regaño (yo diría que lo sufrió), al grado que decidió “encontrarle el gusto” a la caligrafía en la escuela. Podría decirse que ella sí aprendió de experiencias ajenas, por lo que se esmeró y practicó demasiado y ahora tiene una letra hermosa. Así que esos libros de caligrafía sí cumplieron su cometido, al menos de manera indirecta.
Quizás haya quien se sorprenda de que haya puesto a las mujeres en último lugar. Sin embargo, para esto hay una razón. No las puse al último lugar por ser mujeres, o por contravenir las reglas de etiqueta donde se dice que “las damas son primero”. Aquí mi criterio se basó en ordenar los comentarios por el grado de intensidad y el azar se encargó de que las mujeres quedaran al final. Es decir, de los más críticos hacia mi persona, hasta los menos, por lo que al último puse aquellos que se enfocaron más en la actividad.
La reflexión que rescato al respecto de estas experiencias, es que todas las personas van a tener algo qué decir sobre uno. No importa si se tienen razones válidas para hacer algo, sencillamente hay que aceptar que no todos van a valorar nuestras elecciones de la misma manera en que lo hacemos nosotros. De ahí que lo mejor que uno puede hacer es darse gusto, pues si uno se pone a querer quedar bien con los demás, seguramente acabaría sin nada, ya que no es posible dar gusto a todas las personas de nuestro entorno (con sus criterios tan diferentes y contrarios entre sí); y eso sólo deja una profunda frustración.
Por mi parte seguiré con este reto que, a pesar de parecer monótono, en realidad me está dejando enseñanzas muy divertidas. Al final la que ganará una letra bonita soy yo, o al menos espero obtener una firma que no parezca la caída de la bolsa de valores con harakiri incluido, eso sí que me llenaría tenerlo.