Quemando Naves
Ad Ian E., gratias tibi ago.
Hay muchos tipos de rompimientos y son tan variados, como los tipos de situaciones y relaciones que tenga un ser humano. Se puede romper con la pareja, con los compañeros, con los amigos y hasta con la familia. Se pueden romper afectos, discordias (porque eso también es posible), hábitos y creencias. A veces se rompe con un trabajo o con una etapa en pro de otra mejor. Aun así, todo rompimiento duele pues, aunque las cosas hayan sido muy negativas y el porvenir sea mucho mejor, siempre queda una leve (o intensa) sensación de dolor por lo vivido y la incertidumbre por lo que nos depara el porvenir.
Todo en este Universo cambia y evoluciona, y el ser humano no es la excepción, pues es un animal que vive muchas etapas, todas acordes tanto a momentos biológicos, como psicológicos de su vida. Lo que hoy nos gusta, mañana ya no. Lo que ayer detestábamos (como la escuela primaria), ahora lo añoramos como una época feliz ya que no teníamos los problemas que conlleva la vida adulta y nuestra única preocupación consistía en saber a qué íbamos a jugar. La vida la vivimos conforme a la mentalidad y actitud que tenemos en el momento, más que conforme a las circunstancias. De ahí que, por mucho que extrañemos los viejos tiempos felices o que nos gustaría prolongar el momento presente (como cuando uno está enamorado y que no quiere que el tiempo pase jamás), no es posible ni adecuado hacerlo. No podemos detenernos demasiado en una etapa, ya que nos genera rutina y eso no sólo detiene nuestro crecimiento, sino que se corre el riesgo de que nos haga retroceder, tal como el agua estancada que termina por pudrirse.
Hay ocasiones en que el cambio de etapa no viene por parte de nosotros, sino por parte de nuestro entorno y, sin embargo, nos afecta. A veces, uno “no tiene la culpa” de lo que ocurre y las personas de tu entorno vienen a reclamarte situaciones que ni siquiera cometiste o te cobran facturas de heridas que otras personas les hicieron; lo cual afecta la relación que tenías con esa persona. Otras veces, puede que una persona cercana a ti encuentre unas circunstancias mejores de vida y eso nos proporcione alegría porque implica su bienestar y tal vez hasta su felicidad. Sea cual sea el caso, uno se apega a las personas y vivencias, por lo que no se puede evitar tener cierta melancolía ante los cambios.
Ante tales circunstancias, sólo queda aceptar que sucedan las cosas, agradecer lo vivido, continuar el camino y no mirar atrás (por muy bueno o malo que haya sido todo). Es mejor recordar lo bonito de una etapa o de una persona, asumir las experiencias adquiridas, aprender de ellas y permitir que las situaciones evolucionen. A veces en esa evolución está la solución, pues uno adquiere otra perspectiva y madurez a partir de las vivencias, lo cual permite que modifiquemos aspectos negativos de uno.
Por otro lado, si uno se obsesiona con el pasado y se aferra de una manera insana a “revivir los viejos tiempos”, lo más seguro es que pierda el tiempo y, con ello, las experiencias y aprendizajes que nos ofrecen las circunstancias del tiempo presente. Si una etapa ya pasó es porque ahora nos toca vivir su evolución y las consecuencias que se generaron en un tiempo anterior.
Así que es mejor centrarse en el presente, pues el tiempo no perdona y, si uno lo deja pasar se pierde. No hay que olvidar que el tiempo perdido es tiempo muerto.